El ‘Ruido’ de CentroCentro

Parece un guiño al movimiento futurista, uno de los máximos exponentes de la vanguardia artística italiana, la aproximación hacia el panorama sonoro que la institución cultural y artística CentroCentro, situada en el Palacio de Cibeles de Madrid, está realizando en este mes de octubre. El contexto espaciotemporal de este período del año, en el que toda la población ya se ha adentrado de lleno en el ritmo de este nuevo curso, supone un trasiego de máquinas, trabajo y ajetreo urbano. Más por casualidad que por consciencia del momento, la asociación que desde esta sede se ha realizado con las propuestas artísticas sonoras sería un deleite pleno para dichos creadores. El pasado 6 de octubre se inauguró la exposición Charivaria, acerca del posicionamiento de las personas en el espacio público mediante el sonido, y el viernes 20 se inició el ciclo de conciertos VANG!, que hasta el mes de junio ofrecerá diferentes propuestas de música vanguardista. En paralelo, el 3 de octubre dio comienzo el ciclo Ruido: el lado oscuro del temor. La tarde del pasado 17 de octubre acogió a las 19:30 el segundo concierto de esta iniciativa.

 

El ruido es un concepto que, en una primera aproximación, parece condenado a cargar con el peso de un significado peyorativo. A menudo está concebido como un elemento molesto, indeseado, abrasivo y, para muchos, prescindible y que debe, preferiblemente, ser eliminado. No obstante, a modo de abogado del diablo, el músico y compositor José Pablo Polo afirmaba que el ruido “es tan solo un tipo de sonido, y se dan unas connotaciones despectivas acerca de él”. Simplemente “existen los sonidos que tú quieres escuchar y los que no quieres escuchar”, pero “no hay sonidos desagradables”. El artista sostiene, además, que “el ruido se ha asociado mucho a lo que llamamos contaminación acústica”. Partiendo de premisas como estas, son numerosas las mentes que, desde perspectivas artísticas, han tenido en cuenta significaciones como esta y han concebido el ruido como un elemento creativo, especialmente en aquellas propuestas vinculadas con el arte sonoro. Movimientos como el futurismo (destaca en él el manifiesto L’Arte dei Rumori, escrito por Luigi Russolo en 1913), el dadaísmo o el Fluxus de los años 60 y 70 estarían de acuerdo; así lo demuestra su vinculación a la práctica musical conocida como ruidismo.

La música contemporánea también ha adoptado el ruido como camino creativo, como quedó patente el pasado 17 de octubre en el auditorio de CentroCentro. No obstante, las propuestas que sonaron allí no se trataban de músicas ruidistas o composiciones por el estilo. De hecho, mantenían al ruido como piedra angular, si bien fue entendido desde una perspectiva ajena a lo musical. Fuera del plano acústico, pues, el ruido continúa siendo asociado con aquellos elementos de nuestro mundo cotidiano y su sociedad que están marcados por la saturación, el caos, la entropía o el desorden. El comisario de este ciclo, el musicólogo y compositor Jorge Fernández Guerra, ha asociado estas ideas con la dualidad temor/anhelo de conceptos como la guerra, la revolución y el capitalismo. Tomando todo ello en consideración, el ciclo se compone de cuatro conciertos celebrados semanalmente hasta el 14 de noviembre; coincide, además, con el cincuentenario de la publicación de La sociedad del espectáculo de Guy Debord (1967). Juego y espectáculo eran las palabras que llevaba por título la cita de ayer.

 

Fueron cuatro figuras las que se posicionaron encima del escenario del modesto auditorio. A la derecha, el propio Jorge Fernández Guerra sin instrumento alguno, armado únicamente con unos escritos en papel; a la izquierda, el trío de músicos que interpretó las diferentes piezas de la tarde. Se trataba de Mónica Campillo al clarinete, Juan Luis Gallego con el violín y, en la parte de atrás empuñando las teclas del piano, Andreu Riera.

 

Estos nombres, de hecho, llevan tras de sí una completa experiencia dentro del mundo de la música. Campillo, formada en Madrid, estrenó en 2006 el Concierto del Azul Celeste, para clarinete y orquesta, de Valentín Ruiz, que interpretó junto a la Orquesta de Radiotelevisión Española. Asimismo, a dúo con el pianista Emilio González Sanz forma MoEBius, un proyecto que ya ha publicado su primer trabajo discográfico: La Melodía Encantada. También en el piano, Andreu Riera es uno de los intérpretes de este instrumento más destacados en nuestro país. Ya se le ha visto sobre las tablas del Palau de la Música de Barcelona, el Auditorio Nacional de Madrid, el Teatro Manzoni de Milán o el Lincoln Centre de Nueva York. Finalmente, Juan Luis Gallego es premio nacional Pablo Sarasate en 1997 y tiene ya más de diez discos a sus espaldas, los cuales ha compaginado con su participación con la Orquesta de Cámara Reina Sofía o la Sinfónica de Extremadura.

 

Las luces disminuyeron su intensidad en el auditorio, justo en el instante en que estos nombres se diluyeron para fusionarse con el sonido de sus respectivos instrumentos. El público que se disponía a presenciar la interpretación rondaría la cincuentena. Entre ellos, el artista sonoro y compositor José Iges, una de las figuras clave dentro de esta disciplina creativa en el panorama nacional. Ma Mère l’Oye (1919), una suite del compositor Maurice Ravel (1875–1937), comenzó a sonar poco después, interpretada en un arreglo que el propio Jorge Fernández Guerra había realizado para este trío, si bien la obra fue originalmente compuesta para piano a cuatro manos. “Mamá Oca”, así es como se traduce el título de esta pieza, sonaba con su nerviosa cadencia mientras los músicos demostraban, sin darse cuenta, la intensidad con la que estaban experimentando los sonidos que producían. Y es que poca duda cabe al observar que, cuando un músico se mueve en su asiento de una manera tan expresiva, está viviendo la música con tal profundidad que sobrecoge.

 

El espectáculo exigía pocas miradas; más bien todo lo contrario: cerrar los ojos y comenzar a escuchar una música que, en directo, siempre abruma a quien la tiene delante. Al finalizar la pieza, Jorge Fernández Guerra, que había permanecido en silencio pero con la mirada atenta a los intérpretes, procedió a leer una serie de textos. En ellos hablaba del juego, de la infancia, de la traslación de lo divino a lo pagano, de la conservación del gesto neutro y aislado de estos ritos. Tras él, bajaban las luces de nuevo y sonaba la composición del ruso Aram Khachaturiam (1904–1978), su trío para clarinete–violín–piano de 1932. Una obra finamente seleccionada y no al alcance de todos los adeptos a la música como podría estar la pieza anterior. Esta, mucho más solemne, más acorde con el ambiente de la primeriza Unión Soviética en que fue creada.

 

De forma similar al procedimiento anterior, Fernández Guerra tomó la palabra tras finalizar la precisa interpretación de los músicos. Esta vez, en forma de continuación a lo leído anteriormente, ahondaría en las premisas, motivaciones y consecuencias de La sociedad del espectáculo, estableciendo una mirada expresiva hacia la obra de Debord que iría más allá del contenido o el hecho mismo de su aparición. La suite para violín, clarinete y piano, Op 157b. 4. Introduction et final, de 1936 y nacida de la mente y pluma de Darius Milhaud (1892–1978) sería la última de las piezas en sonar. De nuevo, una acertada actuación de los músicos, que recibieron un sonoro aplauso del público asistente. Una velada cargada de significación, que invitó a la reflexión con la música como canalizador de la misma, pero con la incitación de que derive hacia más allá de lo acústico. El discurso teórico logró, de alguna manera, quedar enlazado con elegancia a las piezas sonoras, objeto de deleite de una audiencia que, como particularidad, pudo entrar al concierto de manera gratuita; algo tenso en el ámbito de la música clásica, a menudo ceñida a un perfil de personas determinado, con elevado poder adquisitivo y con pertenencia a una élite social y cultural. El próximo martes 31 de octubre, el ciclo Ruido planteará el concepto de la guerra, con obras de Francesco Flidel, Jacob Ter Verdhuis o Mark Clement Pollard.

About Alberto García

Amante desorbitado de la música, también del café. Quizá soy un popurrí algo excéntrico de facetas, ideas y aficiones, pero me defiendo bien en todo este jaleo. Estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. [Tarazona, Aragón. 1997]

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