“espacio. sonido. silencios.”

Marcel Duchamp dijo: “El sonido también ocupa espacio”. Con esta cita tan poliédrica como evocadora me gustaría dar comienzo a la andadura de esta nueva sección de Audio-Tesoros: Arte y Sonido. Estos dos conceptos de definición tan compleja llevan ya décadas relacionándose entre sí. Un momento adecuado para situar el comienzo de lo que podríamos llamar arte sonoro sería durante el primer tercio del siglo XX, en plena época de las Vanguardias y en sus años posteriores. Este sería el tiempo en el que diferentes movilidades artísticas, hasta entonces separadas unas de otras, comenzarían a hibridarse y a fusionarse entre sí, conduciendo esto a la dilución de los límites entre técnicas, materiales, formatos o medios. Desde entonces, el arte sonoro se ha manifestado en una amplia multitud de variantes, que van desde la música experimental hasta la instalación, la escultura sonora, el paisaje sonoro, la performance, la poesía, etc.

 

Sin duda, asumo modestamente que, desde mis limitados conocimientos sobre la materia, dado que no soy musicólogo, historiador del arte o experto en el tema, no podría más que ofrecer unos limitados trazos acerca de estas propuestas artísticas sin la total precisión que figuras como estas podrían aportar. No obstante, la curiosidad y el deseo de aprender me motivan para posicionarme, y de muy buen grado, como un difusor de propuestas de esta interesantísima e intrincada rama creativa, con las que poder aprender junto a vosotrxs, compartir estas iniciativas y generar reflexiones que nos permitan hacernos constantemente nuevas preguntas.

 

La presencia del arte sonoro en los museos sigue siendo, todavía a día de hoy, escasa. La adaptación de estos espacios, muchas veces inalterables, a propuestas de este tipo sigue suponiendo un reto para aquellxs gestorxs de unas instituciones, a veces, tan tradicionales. ¿Cómo exponemos sonido? ¿Cómo actúan los espacios en que este se va a emitir? ¿Cómo mostramos las interpretaciones en directo? Del mismo modo, la presencia del arte sonoro en los medios de comunicación especializados en música roza lo inexistente, quizá lo llegue a alcanzar por completo. Dejando abierta la idea de escribir una reflexión acerca de los porqués y los efectos de una situación, a mi parecer, tan mosqueante como esta, me dispongo a abrir las puertas de esta sección, creyendo en esa mirada distinta, rica, polifacética y humana que puede establecerse desde un blog que nos “descubre las músicas perdidas”.

 

Este comienzo y primer contacto puede suponer, por suerte o por desgracia, un comienzo in media res. Qué es el arte sonoro, qué historia ha tenido hasta ahora o cuáles han sido y son sus mayores representantes son extensas cuestiones que hoy se nos quedan en el tintero, pero que tendremos la oportunidad de retomar y analizar poco a poco en entradas posteriores. De este modo, y si se me permite, comenzaré citando la exposición que estos días está teniendo lugar en el Museo del Patio Herreriano de Valladolid, museo de arte contemporáneo de la ciudad castellanoleonesa, titulada “espacio. sonido. silencios”.

 

En esta muestra, abierta al público desde el pasado 8 de junio y comisariada por José Iges, se intercalan obras hechas con muy diversos materiales – objetos, instalaciones, soportes de audio, esculturas, obras gráficas… – con actividades como performances, instalaciones o varios conciertos en directo, todo ello compartiendo el sonido como nexo común.

 

“espacio. sonido. silencios.” establece un diálogo constante y vivo entre los tres elementos de su título. El espacio como contenedor de sonidos, los propios sonidos como elementos que redefinan o moldeen esos espacios o el silencio como paso previo a la generación de un sonido y viceversa. Se intersectan, como dijo Iges, “silencios habitados, el sonido y sus soportes y la exploración de los espacios”. Con planteamientos como estos, recogidos en las obras de destacados artistas como María de Alvear, Nacho Criado, José Maldonado, Belma Martín, Ricardo Bellés, etc., la exposición invita a lxs visitantes a explorar también los espacios entre sonidos, a hacerse preguntas acerca de lo que perciben.

 

Hablar de exposiciones o leer sobre ellas siempre resulta algo muy abstracto, un tanto opaco. Puede ser sencillo comentar el concepto que ha estructurado cada muestra, pero hacerlo sin mencionar los “ejemplos” que, en la misma, constituyen ciertamente sus obras puede resultar vacuo y frío. Recojo a continuación tres obras destacadas de esta exposición:

 

Walk the line #1 (José Maldonado, 2017)

Esta obra, creada de forma expresa para esta exposición, está constituida por un magnetófono que reproduce una cinta en la que se ha grabado una descripción de la propia sala en la que se ubica. Apreciamos de modo casi inmediato la interacción entre el sonido, el dispositivo de reproducción (y grabación) y el espacio conforme observamos que la cinta se halla distribuida por toda la sala, bordeando techos y paredes en sus, aproximadamente, 30 metros de longitud.

La cinta, como particularidad, fue grabada en una sola toma y no consta de edición alguna, de manera que todos los errores o dudas que tuvo el autor a la hora de describir la sala quedaron registrados. Este registro, no obstante, se deteriorará con el tiempo por el desgaste que implica el esfuerzo al que se expone el material con esta disposición, quedando las palabras reducidas a extraños ruidos y acercándonos a reflexiones sobre la temporalidad o lo efímero de aquello que es analógico.

 

 

Último esfuerzo rural III (Peter Bosch y Simone Simons, 2017)

La pieza, tercera entrega de una serie de obras similares, consiste en la disposición de objetos metálicos procedentes de la vida en el medio rural, como bien apreciamos por su forma o sus materiales. En su interior, estos contienen unos vibradores que, mediante la inyección de aire comprimido, se mueven dentro de estos cuerpos y generan azarosos e hipnóticos sonidos.

Los propios autores se inspiraron en ese medio rural del que obtuvieron los objetos: calderos, embudos, cántaros, etc. Ciertamente, estos actúan como una representación del inestable y a la vez aguerrido entorno rural y su sociedad. Mediante estos sonidos e interacciones, estos objetos que hoy se encuentran “muertos” vuelven a nacer a los ojos de espectadores que buscan por sí mismos diferentes perspectivas en el entorno desde las que recibir los sonidos.

 

 

Territorio rítmico (José Antonio Orts, 2017)

Esta obra consiste en una instalación sonora – nótese, ya en una primera instancia, la integración y relación que tendrá cada pieza con su espacio – compuesta por pequeños circuitos electrónicos que, mediante sensores que reaccionan ante la luz, producen sonidos percutivos de distintas texturas y ritmos. Los habrá que incrementen su cadencia conforme haya más luz y otros que lo hagan con las sombras que se posen sobre ellos, por ejemplo, al ser generadas al paso de un visitante.

Esta instalación se encuentra viva, al variar sus sonidos y texturas en función de la luz que entra en la sala en cada momento del día y, además, según qué haga la persona que decida acercarse a apreciar los circuitos.

 

Sin duda, esta primera toma de contacto in media res no constituye más que un reducido acercamiento al universo del arte sonoro, teniendo en cuenta su gran tamaño, mucho menos a un marco teórico que nos permita explicar tamaño movimiento creativo. No obstante, espero con gran ilusión que esta sección pueda constituir, de ahora en adelante, un lugar desde el que poner el foco a todas estas interesantes propuestas que relacionan el arte con el sonido, ineludible sustento de la música y riquísimo tema sobre el que escribir en toda publicación cultural.

 

Fotografías: Facebook del Museo del Patio Herreriano de Valladolid.

About Alberto García

Amante desorbitado de la música, también del café. Quizá soy un popurrí algo excéntrico de facetas, ideas y aficiones, pero me defiendo bien en todo este jaleo. Estudio Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. [Tarazona, Aragón. 1997]

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